Y de sus ojos inexpresivos salieron unas cuántas lágrimas, silenciosas como la susurrante brisa meciendo las copas de los árboles. Rodaron agraciadamente por sus heladas mejillas, absorbiendo con su paso todo signo de vida que alguna vez haya existido en aquel rostro, para finalmente sucumbir, al igual que el corazón que una vez creyó poseer.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Exprimí aquel putrido cerebro tuyo para que revolotee hasta acá tu vasta opinión