lunes, 22 de octubre de 2012

Un paso, luego otro, y otro más. Abrió la puerta. Despacio, saboreando el chirrido y el sutil aroma a óxido y sal. Lento, más lento. La puerta está abierta, ¿Qué hay detrás de la puerta? Tan sólo son dos cadáveres desmembrados. Curioso era que sus manos entrelazadas se hallaban intactas. Triste era que parecían haber padecido una muerte más que violenta. Los ojos de ella abiertos, sonreía. Los ojos de él cerrados, esperaba. Parecían apacibles, como si hubieran recibido a la Parca como a una vieja amiga. Se agachó, tocó una zapatillas perdida (con algo de carne perdida dentro). Se puso de pie, miró a su alrededor. La oscuridad dominaba cada rincón de ese rectángulo que no podía llamarse habitación. Un triángulo de claridad mortecina se colaba desde una esquina a la que no era capaz de acceder. Lo único que había ahí eran esos cadáveres de manos entrelazadas. Él, ella. Pero al acostumbrar la vista fue capaz de vislumbrar la cabeza de un maniquí sobre la cual colgaba una peluca cuyo color no pudo distinguir en aquella penumbra. Ver esa cabeza sin rostro ni expresión logró que se desestabilizara. Perdió el equilibrio, y por poco tropezó con la cabeza de ella, con sus ojos que miraban sin ver, con su pelo opaco y sus mejillas frías. Muertas. Juntó un coraje que se encontraba desparramado en su cerebro, y una vez más se agachó, una vez más tocó la zapatilla. La hizo a un lado y, queriendo alcanzar la cruz de Malta que pendía del cuello de ella, rozó el vello de una pierna de él (no sabría decir cuál debido a estar separada del cuerpo).
Cerró los ojos, un zumbido que de a poco se fue volviendo insoportable retumbaba en su oído izquierdo. Oía voces en el derecho, voces que a cada segundo aumentaban su volumen. Voces de un hombre y de una mujer. Luego detrás de sus córneas se le presentaron imágenes que le sucedían a aquellas voces. Más y más imágenes, cada vez con menor intervalo entre ellas, formando un video.
 Fue testigo de un encontronazo de sangre y pasión, de sutil soledad mezclada con entendimiento y aceptación. Los vio a ellos dos, a él y a ella. Vio que él la besó, que besó cada lugar donde reposaban lágrimas, que la abrazó, le susurró poesía agónica y la amó con todo su ser. Vio que ella sonreía siempre, a pesar de las gotas que recorrían poco a poco su rostro. Luego todo quedó en blanco, por tan sólo unos segundos, como una película antigua reproducida en VHS. En el instante en que volvió a correr el video, ella y él se encontraban tendidos en el piso, desmembrados, agonizantes, casi muertos. ¿Cómo vivían todavía? No pudo contestárselo.
 Vio pasar una sombra y pudo notar la silueta recortada en la pared de un machete afilado y manchado con la sangre de los dos. No lo entendía.
 De pronto se vio dentro del video, esa era su sombra, él, machete en mano, sonrisa temeraria de oreja a oreja. Él se dio vuelta, el asesino, el causante de que la luz escapara de los ojos de ella, que la sonrisa se borrara de los labios de él. Él, consumido en su propia confusión. Los restos de ellos dos no eran más que eso, restos inertes, duros, muertos. Sonrió de nuevo, qué incomparable obra de arte, qué indescriptible belleza irradiaba esa escena. Ellos habían pasado de ser seres apartados y solitarios, a ser uno, a transformarse en arte en todo su esplendor. Todo en ella era arte. Todo en él era arte.
-FIN DEL VIDEO-
Su mano alcanzó la cruz de Malta que pendía del cuello de ella, la palpó, la tomó y la depositó en su bolsillo. Se paró. Un paso, luego otro y otro más. Abrió la puerta. Despacio, saboreando el chirrido y el sutil aroma a óxido y sal. Lento, más lento. Cruzó el umbral y volteó por última vez. ¿Qué hay detrás de la puerta...? Tan sólo son dos cadáveres desmembrados.

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